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Biografía de William Holden

William Franklin Beedle; O´Fallon, 1918 - Santa Mónica, 1981

Actor de cine estadounidense. Miembro de una familia acomodada, todo parecía indicar que seguiría la tradición familiar y se convertiría en químico; sin embargo, pronto quedó claro que prefería dedicarse al mundo de la interpretación. Empezó en la radio y de allí pasó al teatro, hasta que el cine llamó a su puerta. Un representante de actores reparó en aquel apuesto muchacho de excelente voz y lo introduce en el mundo del cine, aunque la Segunda Guerra Mundial le supone al joven actor hacer un buen paréntesis en su carrera, pues durante casi toda la contienda sirvió a su país como miembro del Ejército del Aire

Durante esa década, no obstante, se distingue como un más que aceptable intérprete de westerns como Arizona (1940), de Wesley Ruggles, Texas (1941), de George Marshall, o El hombre de Colorado (1948), de Henry Levin. Pero el gran éxito le llega con El crepúsculo de los dioses (1950), uno de esos filmes que han hecho historia por diversos motivos. En primer lugar, por la excelente dirección de Billy Wilder, con un original planteamiento narrativo, en el que a través de la visión de un muerto -el propio Holline-, por medio de un flashback, asistimos a la decadencia de las grandes estrellas del Hollywood del periodo mudo. Gloria Swanson era en el film la actriz en decadencia que mantenía a sus expensas a un gigoló, papel que representaba un Holden extraordinario. Hacían también pequeños cameos viejas glorias como Cecil B. de Mille o Cecil B. de Mille

Gracias a ese papel, William Holden se convirtió en una estrella y comenzó su auténtico despegue en el historia del cine. Demostró que era algo más que apostura y que se trataba de un actor con una gran capacidad para asumir diversos papeles, aunque era en el registro dramático en el que parecía encontrarse más a gusto. De este modo le llegó el Oscar al mejor actor por Traidor en el infierno (1953), con Billy Wilder de nuevo en la dirección. Corría el año de 1953 y Holden ya no detendría su ascenso vertical hacia el favor del público

A finales de los cincuenta interviene en tres películas: Picnic (1956), de Joshua Logan, donde su historia con Kim Novak, constituye uno de los complementos interpretativos más tórridos del cine de aquellos años; después es El puente sobre el río Kwai (1957), una película de extraordinaria repercusión, donde David Lean, el director, conseguía una de sus obras más famosas, recompensada con un buen número de Oscar.

Aunque era Alec Guinness quien obtenía el papel de mayor fuerza en el film, Holden, como un oficial prisionero que logra escapar del campo de concentración japonés, obtenía un importante triunfo; y, por último, interviene en Misión de audaces (1959), un western dirigido por el clásico John Ford. Compartiendo la cartelera con el mejor especialista del género, como era John Wayne, William Holden daba vida a un oficial médico que acompaña a un destacamento de caballería, que durante la guerra civil estadounidense se infiltra en las líneas de los confederados. Las psicologías opuestas de los dos actores protagonistas hacen que éste resista, mucho mejor que otros, el paso del tiempo

Las décadas de los sesenta y setenta lo presentan más selectivo en cuanto a escoger trabajos, pero en lo más alto de las clasificaciones de Hollywood. En El mundo de Suzie Wong (1961), de Richard Quine, era un pintor enamorado de una muchacha japonesa. Eran los años en Japón salía de la derrota de la Segunda Guerra Mundial y comenzando su resurgir económico. El cine americano, de tan fina sensibilidad para estas cosas, empezaba a dar también, una visión distinta de las relaciones entre los dos países.

Encuentro en París (1964), nuevamente de Richard Quine, fue una comedia simpática en la que él encarnaba a un guionista de cine, que prepara un nuevo guión y busca una secretaria, papel que interpretó la delicada Audrey Hepburn. Holden comenzaba a ser ya un hombre más que maduro, pero asumía la nueva situación con naturalidad y sin ningún resquemor. La diferencia de edad entre los actores impregnaba el desarrollo de la situación sentimental entre ellos de un especial toque, dulcemente erótico. Ya como un hombre casi en el inicio de la vejez, actuó en otro film que se convirtió en una renovación del género del western. Fue Grupo salvaje (1969), con la que Sam Peckinpah, su director, obtuvo gran popularidad

William Holden siguió trabajando, si bien bajó considerablemente el ritmo; apareció en un típico film de catástrofes, tan del gusto de los años setenta, El coloso en llamas (1974), de John Guillermin. Cuatro años después, Wilder le hacía actuar en la excelente y melancólica Fedora, una obra que era una remembranza de artistas en decadencia. Su última intervención fue en la agridulce Somos honrados bandidos (1981), de Blake Edwards

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(Lauffen am Neckar, Alemania, 1770-Tubinga, id., 1843) Poeta alemán. Al morir su padre, administrador del seminario protestante de Lauffen, cuando él tenía dos años, su madre casó en segundas nupcias con Johann Christoph Gock, consejero municipal de Nürtingen, donde Hölderlin se crió junto con su hermana y su hermanastro. En 1784 ingresó en un colegio preparatorio para el seminario, en Denkendorf, y en 1788 entró como becario en el seminario de Tubinga, donde trabó amistad con Hegel y Schelling, a partir de 1791.

Muy influido por Platón y por la mitología y cultura helénicas, se apartó sensiblemente de la fe protestante. En 1793 salió del seminario provisto de la licencia que le permitía ejercer el ministerio evangélico, pero decidió no dedicarse a su carrera, sino emplearse como preceptor. Schiller le proporcionó una plaza para ocuparse del hijo de Charlotte von Kalb, en Waltershausen, aunque pronto abandonó su puesto, dada la limitada influencia que ejercía sobre su alumno, y se instaló en Jena, uno de los principales centros intelectuales del país. Asistió a clases impartidas por Fichte, y Schiller le publicó un fragmento del Hiperión en su revista Thalia.

Falto de recursos, volvió a Nürtingen en 1795, antes de ser introducido en casa del banquero Gontard, en Frankfurt, siempre como preceptor. Susette, la esposa de Gontard, mujer al parecer de gran belleza y sensibilidad, habría de convertirse en su gran amor; tanto en sus poemas como en el Hiperión se referiría a ella con el nombre de «Diotima». Su amor fue correspondido, y el poeta describió su relación en una carta como «una eterna, feliz y sagrada amistad».

A pesar de su trabajo y de los viajes que debió efectuar con la familia Gontard a causa de la guerra, fue una época de intensa actividad literaria, y en 1799 finalizó su novela epistolar Hiperión. En septiembre de 1798 tuvo que abandonar la casa de los Gontard, después de vivir una penosa escena con el marido de Susette. Se entrevistó varias veces en secreto con ella, hasta que se trasladó a Homburg, por consejo de su amigo, Isaak von Sinclair.

Emprendió entonces su tragedia La muerte de Empédocles e intentó lanzar una revista intelectual y literaria, que fracasó. En 1800 fue invitado a Stuttgart, donde tuvo tiempo para dedicarse a la poesía y traducir a Píndaro, que ejercería una gran influencia sobre sus himnos. A finales del año aceptó otro puesto como preceptor en Hauptwil, Suiza; se ignora por qué razones abandonó su trabajo, en abril de 1801, y volvió con su madre, a Nütingen. Hasta enero de 1802, cuando obtuvo un cargo en casa del cónsul de Hamburgo en Burdeos, trabajó ininterrumpidamente en su obra poética.

Al aparecer los primeros síntomas de su enfermedad mental, en abril abandonó una vez más su puesto. Sinclair le comunicó por carta la muerte de Susette Gontard, el 22 de junio de 1803, en Frankfurt. Tras un período de gran violencia, su trastorno mental pareció remitir. Sinclair lo llevó de viaje a Ratisbona y Ulm y, a la vuelta, escribió El único y Patmos, dos de sus obras maestras. Por influencia de su amigo obtuvo la plaza de bibliotecario de la corte, en el palacio del landgrave de Homburg.

Como sus crisis mentales se hicieran cada vez más frecuentes, en 1806 fue internado en una clínica de Tubinga, sin que se produjera mejoría en su estado. Un ebanista de la misma ciudad, entusiasmado por la lectura del Hiperión, lo acogió en su casa en 1807. Allí permaneció hasta su muerte, en unas condiciones de locura pacífica que se prolongaron durante treinte y seis años

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