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Biografía de Frederico Zandomeneghi

Venecia, 1841 - París, 1917

Pintor italiano. Hijo de un modesto escultor, realizó sus estudios en Florencia para establecerse posteriormente en París. Estuvo clasificado entre los maestros de segunda fila del impresionismo y luchó durante toda su carrera por captar la atención del público y lograr un lugar importante entre los pintores impresionista de la época.

No hubiera llegado a ser un pintor interesante, lleno de verdad, de luz y de modernismo agudo, de no haberse sentido atraído hacia las nuevas tendencias impresionistas y haberse unido al grupo de artistas que hacia el año 1870 se había formado en torno a Manet, y entre los que hallaban Monet, Pissarro, Sisley, Renoir, Berta Morisot y Eva Gonzales. Pero también es verdad que de haber seguido una inspiración propia habría logrado una personalidad artística mayor y más original


En el lecho (1878)

Durante los dos primeros años de su permanencia en París tomó parte en dos o tres exposiciones oficiales. Después, siempre expuso conjuntamente con los impresionistas en la Galería Durand-Ruel.

Desde entonces se le colocó al lado de pintores como Degas, por el cuidado de entregarse única y firmemente a la pintura de la vida actual y al estudio de las costumbres presentes en la época, pero se alejó de la pintura amarga y profundamente melancólica y desengañada del maestro de las Bailarinas. En este sentido se acercó más a Renoir, ya que prefirió, como éste, el aspecto alegre de la cosas, los gestos elegantes y graciosos, la frescura de las carnaciones y la alegría de las flores y de la luz.

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(Londres, 1864 - Midhurst, 1926) Novelista y dramaturgo inglés. Estudió en Plymouth, en Bristol y en la escuela judía del East End londinense, donde trabajó luego en calidad de profesor. Pronto abandonó la enseñanza en favor del periodismo, que posiblemente respondía mejor a la vocación que hizo de él uno de los más fervorosos defensores del humanitarismo democrático, algo utópico, de los primeros años de nuestro siglo.


Israel Zangwill

No solamente por los estrechos vínculos de sus orígenes, sino también porque "el pueblo del Crucificado" le pareció siempre "el crucificado entre los pueblos" desarrolló un verdadero apostolado en beneficio de sus correligionarios, y dedicó grandes esfuerzos a la solución del problema principal con que se enfrentaban los judíos de su época: la búsqueda de una patria.

Se adhirió, al principio, a la solución sionista, y fue delegado en los siete congresos del movimiento. Sin embargo, llegado a repetidas divergencias con la política oficial del sionismo, después del sexto congreso fundó con otros la J. T. O. ("Jewis Territorial Organization"), a la que consagró sus mejores energías; el resultado práctico, empero, no correspondió a las esperanzas.

Además de pensador y apóstol, Zangwill fue también, y quizá por encima de todo, un artista. Indudablemente, algunas de sus obras, en particular los dramas, como The Melting Pot (1908), y varios textos de los años posteriores, como The War of the World (1916) y The Voice of Jerusalem (1920), son, más que nada, escritos de propaganda y de afirmación. Existe, sin embargo, una abundante producción de nuestro autor ajena a cualquier intención extraliteraria y sometida únicamente a la suprema ley de la poesía, aunque en ningún caso deja netamente su carácter hebraico. No se equivocan quienes le consideran creador, en lengua inglesa, de la literatura judía moderna.

El autor ve la expresión más auténtica del hebraísmo en el ghetto, custodio de la tradición ortodoxa. En textos como Los hijos del ghetto (1892), Ghetto Tragedies (1893 y 1899), The King of Schnorrers (1894), y Ghetto Comedies (1907) revive en si los aspectos trágicos y cómicos de los barrios judíos, o, mejor, los tragicómicos, caracterizados por el humor corrosivo de la raza. No estaría en lo cierto, sin embargo, quien redujera a Zangwill a la condición de pintor -siquiera muy logrado- del ghetto. Sus héroes, en realidad, parecen interesarle mucho más cuando salen de su ambiente racial y se aproximan a las culturas occidentales.

En ello tuvo su origen la obra Dreamers of the Ghetto (1898), donde precisamente se debaten las divergencias entre ghetto y cultura. Los quince héroes pretenden conciliar el Dios de los padres con las soluciones dadas por las distintas civilizaciones al problema de la divinidad. Sus sueños, no obstante, no se realizan: los quince son y se sienten fracasados; el último de ellos, en quien se resumen todos, no logra sobrevivir a la desilusión. Esa tortura real la sufrió el mismo Zangwill, que fue también, hasta cierto punto, un soñador del ghetto. Pero el autor estaba mejor armado que sus héroes contra todos los desengaños. Precisamente por su tendencia a la utopía halló consuelo al fracaso de sus ilusiones al considerar a éstas en sí mismas.

Posiblemente ninguno de los personajes de Zangwill nos ayuda tanto a comprenderle como el hijo del ghetto -el anciano Hyams - que, cuando, ya solo en el mundo, consigue ver el Jordán por tanto tiempo soñado, descubre que la Jerusalén caótica donde las sinagogas se perdían entre minaretes y cúpulas es la franca antítesis de la de sus sueños, y, sin embargo, no se da por vencido, y cada viernes, sin preocuparse de las burlas de quienes le contemplan, toca las piedras del Muro de las Lamentaciones

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